En primer lugar debemos aceptar lo que sentimos, es normal sentir algo de miedo o ansiedad a la hora de volver a salir de nuestro domicilio, hemos creado un hábito durante varios meses que poco a poco iremos cambiando. En base a este temor, no debemos minimizar el riesgo que existe para sentirnos más seguros. Nuestra seguridad debe provenir de nuestras actitudes cívicas con nosotros mismos y con el resto de la sociedad, así como de tomar las medidas de seguridad pertinentes según las recomendaciones de las autoridades competentes.

En segundo lugar es importante que nuestras salidas se produzcan de una manera gradual, según las necesidades y las emociones que afloren en cada uno de nosotros. Las salidas dentro de los horarios permitidos son útiles, aparte de para pasear o realizar ejercicio, para ir adaptándonos a salir al exterior. Esta aproximación paulatina a la normalidad nos servirá para aumentar nuestra sensación de eficacia y fortaleza, algo que servirá de impulso para que nuestra posterior vuelta a la rutina se desarrolle con una cierta normalidad.

Tenemos que tener claro que este proceso va a suponer un esfuerzo a nivel emocional, por ello es crucial que nos marquemos metas alcanzables, evitando en todo momento la frustración. Para ello debemos vincular nuestras salidas con actividades placenteras en base a los gustos y preferencias de cada uno. El apoyo en nuestra familia o nuestro círculo social también jugará un papel fundamental para conseguir nuestros objetivos e ir avanzando en el proceso de adaptación.

Por último, para reducir ese miedo producido por el síndrome es imprescindible respetar los protocolos estipulados por las autoridades. Si seguimos las pautas marcadas nos sentiremos más seguros a la hora de salir de nuestro domicilio e iniciar contactos sociales.